Edad Contemporánea

En el siglo XVI la iglesia había concedido la Isla en feudo a la familia Montenegro pero los continuos ataques de corsarios y piratas durante la Edad Media hicieron que la Isla quedara deshabitada en el siglo XVIII. En el año 1810, la Junta Provincial de Armamento y Defensa decidió fortificar la Isla, quedando la propiedad de los Montenegro más segura.

De esta época destacan las fortalezas de Pereiró, de la que sólo quedan algunas piedras, y la del “Castelo de Roda”, situada cerca del muelle. El aumento de la seguridad permitió la repoblación y se instauró una división parcelaria de terrenos que el Estado cedía a los isleños para su cultivo a cambio de un canon. La recaudación se destinaba, en principio, a sufragar las fortificaciones y, después, pasó a entregarse a los señores de la Isla.

Entre los años 1835-1840, se instaló la primera fábrica de salazón cerca del muelle y cambió la vida de los isleños, que hicieron de la pesca su actividad económica principal y aumentaron su población; cuando finalmente la empresa cerró, trasladaron a la costa la venta de las capturas.

En 1929, Manuel Riobó compró la Isla e instaló una sociedad mercantil dedicada al secado y comercialización de pulpo y congrio, que motivó que los isleños se especializasen en estas especies. El heredero de esta sociedad, Didio Riobó, se suicidó al empezar la Guerra Civil y la Isla quedó sin gestión directa. En el año 1940, el Estado expropió la Isla para defensa nacional y el Ministerio de Ejército se hizo cargo de ella en 1943, con intención de instalar una base de submarinos que nunca llegó a construirse. Cuando la II Guerra Mundial terminó, la Isla de Ons pasó por distintas administraciones del Estado.

Durante los años 40 y 50 la Isla de Ons vivió su mejor época, con casi 500 habitantes. Su despoblamiento progresivo en apenas 20 años, debido a la falta de una mejora de las condiciones de vida de los isleños, fue parejo, al igual que en las Islas Cíes, al auge turístico, especialmente importante a partir de los años 70. Actualmente Ons es la única de las Islas Atlánticas que todavía conserva una población estable, aunque de menos de 20 personas.

Desde hace muchos años, la Isla de Ons es conocida por varias de sus leyendas, que la hacen más atractiva para el turista, como la del famoso Buraco do Inferno, lugar desde el que se dice que se pueden oír los lamentos de las almas de los que sufren tormento por sus pecados.

Actualmente pertenece al Parque Nacional Marítimo Terrestre de las Illas Atlánticas y es un destino turístico de naturaleza y gastronomía.